Elba Custodio

foto Elba Espinoza

Todos somos diferentes pero a veces no somos tolerantes con esa diferencia

Especialidad: Psicología Social

Ha viajado por el Medio Oriente como becaria de las Naciones Unidas. Después hizo una especialización en Diseño de Proyectos en Madrid, tras la cual cursó una maestría en Cooperación Internacional en la Universidad del País Vasco para conocer “sobre la financiación en el mundo de la cooperación”. Luego fue directora de proyectos en una ONG. Actualmente es consultora de proyectos, entre los cuales supervisa un programa en Apurímac.

Cada vez que Elba Custodio se va de viaje, vuelve cargada de cuentos sobre los Apus que entretienen a su hijo por las noches. Ser psicóloga comunitaria la obliga a salir de viaje por cinco o seis días: “Ha sido tener que explicarle a él con sus dos años y medio por qué me voy a las comunidades”, dice.

Con esos cuentos le enseña a ser flexible con el tema. La ayuda su esposo alemán, a quien conoció en sus viajes y tiene su misma vocación, comparten la especialidad de Cooperación Internacional. “También él ha aprendido a ser flexible y eso le transmite al niño”, dice. Su hijo tuvo que nacer en México, por lo que tiene tres nacionalidades.

“Hemos estado en diferentes sitios del mundo”, apunta. “El Sahara Occidental, Venezuela, Colombia, Ecuador, con comunidades indígenas, con diferentes problemáticas y cooperativas”, enumera. “Es porque hay una vocación de servicio. Pero no del típico servicio del asistencialismo. No. Voy a reforzar las capacidades para ver cómo ellos mismos desde sus recursos, desde sus capacidades, pueden salir adelante. Yo voy a ser el intermediario”, refiere Elba. 

Esa vocación la aprendió de su madre que fue trabajadora social y de su abuelo paterno que era médico y la llevaba a los pueblos alejados de Lambayeque cuando tenía cinco años: “jugaba con los niños como si fuera una más. Esa sensibilidad es la que te va cimentando las bases de lo que vas a hacer más adelante”, piensa.

Quizás su hijo vaya a pasar por el mismo proceso. Ella resume la principal enseñanza así: “Justamente queremos crear en él esa sensibilidad que se puede tener hacia el otro, hacia el diferente”, dice.

Elba está satisfecha por hacer lo que le gusta. “Trabajar con gente que lo necesita y que ellos también usen sus recursos para salir adelante. Solamente necesitan un empujoncito o decirle, ´mira tú tienes esto, podrías utilizarlo para hacer esto´. O que simplemente después de tres años alguien venga y te diga ´muchas gracias porque estuviste en un momento difícil y pude salir adelante´. Con eso a mí me sobra y me basta”, refiere.

Psicólogos en la comunidad

Elba supo rápidamente que no quería hacer la “típica psicología”. “Verme encasillada en un consultorio o en un hospital nunca fue mi meta. A través del trabajo de voluntariado, de colaboración con brigadas que venían de otros países vi que el campo que me gustaba era ese”, recuerda.

Ha convivido con comunidades desde su época en la universidad. “Es más, salir al campo, es participar en proyectos donde se intervenga de manera social y comunitaria o de repente no llega la ayuda hasta allá porque no hay algo que lo visibilice”.

Las primeras dificultades que encontró fueron culturales. “Desde conflictos de ´pero porqué lo hacen así´, muy culturales, de lo que yo concibo como mundo y lo que los demás conciben como mundo y el choque que puede haber ahí”, señala. Sus padres también se sorprendieron por sus largos viajes y la quisieron proteger.

“Y a veces uno quiere que no cometas errores y, no pues no, yo quería cometer mis errores y los cometí. Y así como cometí errores también hice cosas buenas”, refiere. “Es una cuestión de posturas, de tratar de hacer entender al otro qué es lo que tú concibes por desarrollo y que es lo que ellos pueden concebir por desarrollo”, indica.

Sin embargo, cree que en ese tiempo faltó información sobre la carrera. “En pregrado solamente sabía que existía la psicología clínica, educacional y la psicología social, ligada al marketing. Tenía esa idea muy sesgada. Me hubiese gustado saber los otros tipos de psicología que se pueden hacer. Eso me hubiera gustado, mayor información”, sostiene.

“Ahora se está haciendo de mayor relevancia la participación del psicólogo en proyectos sociales”, dice pues la psicología comunitaria es una carrera joven. “Es una rama que comenzó hace como cinco o seis años”, calcula.

Elba esboza el siguiente perfil para los profesionales de su especialidad: “Primero, que tenga el espíritu aventurero porque irte a comunidad implica que te puedes encontrar de todo y a la vez nada”, comienza. Se necesita una persona flexible y comprometida con lo que hace: “Implica que vas a llegar y que posiblemente no tengas una cama cómoda. Implica que te vas a tener que ajustar a las normas que hay en la comunidad o la población que estás visitando”, advierte y sonríe.

Experiencias en el mundo

Como toda nueva corriente, la psicología comunitaria lucha por encontrar su espacio. “Más lo buscan ONGs, las diferentes cooperaciones técnicas que existen aquí. La cooperación técnica japonesa, alemana, española, el sistema de Naciones Unidas […] Existe la demanda. Lo que no hay muchas veces es la especialización que se requiere”¸ apunta Elba.

Con la creación del Ministerio de Inclusión Social se necesitan psicólogos que intervengan en comunidades:

–Van a necesitar personas que tengan la visión de lo que es la psicología, lo que es el ser humano como ser integral. Pero no solo visto como ser integral, sino como parte de su comunidad porque es parte integral de él ––argumenta Elba––.

Un poco contando su experiencia, piensa que el psicólogo puede aspirar a lo que quiera: “depende cuánto empeño le pongas”, dice. Ella fue becaria en el sistema de Naciones Unidas, con la posibilidad de ser funcionaria nombrada. “No solamente están en sedes regionales como México o Ecuador. Están en Nairobi, en Vietnam, en la misma sede principal en Nueva York”, cuenta.

Es inevitable no preguntar por su experiencia en un campo de refugiados en el desierto del Sahara, donde estuvo nueve días para hacer un diagnóstico.

–Ellos no son una comunidad como tal en la que puedes hacer proyectos de desarrollo. Lo que se les da es más ayuda humanitaria. Ya tienen más de 30 años en el desierto, están como campo de refugiados. Teníamos que hacer el diagnóstico para ver hacia dónde podíamos canalizar la ayuda. Por ejemplo, no se podían hacer proyectos de irrigación por goteo que no pasaran de los tres años ––pasado ese tiempo se considera “proyecto de desarrollo”––. Y eso no se permitía por las condiciones especiales que tienen ellos ––explica––.

Al haber sido desplazados de Marruecos, recibieron refugio en el desierto de Argelia. De esto han pasado 30 años, con trabas para su desarrollo. “Son tres generaciones las que han crecido allí. Los más jóvenes crecen con una idea de un territorio que en teoría les pertenece pero que no viven entonces idealizan eso. Y más adelante, si en algún momento logran retornar a su lugar, va a ser un problema”, ilustra Elba.

“Fue una experiencia bonita porque convives con una cultura tan diferente”. Todavía mantiene contacto con algunos niños que conoció allá, gracias a un programa de intercambio del gobierno español. “Cuando voy a España, encuentro muchos niños que vimos allá. Ahorita ya están grandes, adolescentes todos. Y tienen el conflicto entre las dos culturas. Es algo interesante pero muy difícil también”, sopesa ella.

Volviendo a Perú, un día típico de supervisión en zona, por ejemplo, el Cusco, lo describe así: 

–Viajar a Cusco. Ahí tomar una combi por siete horas hasta llegar a la zona de intervención. Tienes reuniones de trabajo con los grupos de promotores que están encargados de los proyectos y muchas veces tengo que salir con ellos a las comunidades ––empezaba a las cinco y media de la mañana y terminaba a las siete de la noche––. Después de eso a descansar porque posiblemente no haya luz en la comunidad, entonces ya me toca dormir. Y te levantas muy temprano también.

Tras estas experiencias, su visión de la psicología se ha vuelto más integral. “Antes veía a la psicología como el tratamiento a  una persona. Ahora ya la entiendo como el tratamiento de una persona que está dentro de un sistema, dentro de una comunidad, un complejo”, afirma.

Esto cambia totalmente la visión. “Porque son muchos los factores que entran, desde el medio ambiente hasta los factores más históricos, culturales, más locales, desde el gobierno, la institución: todos los actores que influyen, quieras o no, en la persona”, se explaya.

Como consejo final, cree que la disciplina es bastante amplia y permite desarrollar la creatividad sin salirse de lo ético. “Muchas veces uno va a pasarla mal, va a ganar poco, el trabajo va a ser mucho, te vas a sentir un poco frustrado”, dice sin perder los ánimos. 

“Lo más importante ahí es el compromiso que tú tengas con los demás. Conforme pase el tiempo te vas a dar cuenta que tenías que pasar eso para entender lo que viene después. Paciencia y buen humor”, finalizó.

Lima, Noviembre 2011
Por Reiner Díaz